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Hoy, relato corto."La mujer durmiente".



LA MUJER DURMIENTE.

Dolo había ido a la ciudad de compras. Cruzaba el paso de peatones enfundada en un abrigo bien cortado que escondía su figura regordeta, pensando en merendar las tortitas que tanto le gustaban. La boca se le hacía agua imaginando esos círculos de masa tostada recubiertos de nata y bañados de chocolate. Fue entonces cuando ella la adelantó, pasó por su lado casi corriendo, la falda amplia de su abrigo, fuera de moda y largo hasta los tobillos, se abría como alas con sus pasos y ella parecía volar hacia el hombre que iba a su encuentro con la sonrisa más hermosa que había visto en mucho tiempo. Se cogieron del brazo y se perdieron entre la gente. No duró un minuto, pero Dolo se quedó quieta sin poder moverse. Le pareció que el tiempo se detenía, solo el empujón de otro peatón le hizo ponerse en movimiento.


Continuó andando como una autómata. Iba tan ensimismada en la escena que había visto que se olvidó de la cafetería y sin darse cuenta se encontró en la puerta del edificio donde su marido tenía el despacho. Echó los hombros hacia atrás, movió la cabeza rechazando sus pensamientos y fue al encuentro de su marido.


Por la mañana ante el espejo del cuarto de baño volvió a recordar a la mujer que cruzaba la calle. ¿Qué es lo que había visto en aquella mujer? Se miraba en el espejo y no le gustaba lo que veía. Un peinado que odiaba y la obligaba a ir a la peluquería todas la semanas para tintarlo y rizarlo. Tenía pocas arrugas para su edad, la naturaleza había sido buena con ella y le había dado una piel preciosa a la que apenas hacia caso. Tenía un cuerpo bien formado al que le sobraban un montón de quilos que fueron acumulándose a base de buenas comidas y poco ejercicio. Se dio cuenta de que era perezosa consigo misma, la comodidad se había hecho su dueña. Aquella mujer, tal como ella la imaginó al verla, era la que ella tenía que ser, la que llevaba en su interior y que había dejado morir.


Se casó joven con un hombre de carrera que viajaba mucho. Al inicio de su matrimonio ella le acompañaba en sus desplazamientos. Visitó muchos lugares que recorría cámara en mano y describía sus impresiones en un pequeño cuaderno, a veces, incluía algún boceto, unos trazos rápidos de algo que le llamaba poderosamente la atención, una persona, una fachada, un árbol. Luego cuando llegaron los hijos se convirtió en madre a jornada completa. Sus fotografías y escritos guardados en una caja que nunca abría. Al principio tomaba fotos de los niños pero según fueron creciendo lo fue dejando, en parte porque ellos nunca tenían tiempo para una sesión de fotografía, estudios y amigos ocupaban todas sus horas. Los chicos se fueron de casa y ella había olvidado sus aficiones. Seguía cocinando como si vivieran aún en la casa y comiendo el doble de lo que necesitaba para que no se estropeara. Los viajes de su marido eran desplazamientos de un día, los pasaba encerrado en un despacho y volvía cansado con ganas de estar tranquilo en casa.

No hizo planes que no seguiría. Esa mañana se fue a la peluquería y salió de allí con el pelo cortado a lo chico y sin renovar el tinte. Se compró un sombrero para taparse la raya, y un peso de cocina, para hacer comida para dos no para cuatro. Así la mañana se pasó rápida pero la tarde se le hizo interminable tratando de no meter la mano en el bote de los bombones. Adicta al dulce y sin tener nada que hacer, si se sentaba delante del televisor o se ponía a leer, el ansia por el azúcar se le hacía insoportable. Hundida en el sofá miraba sus dedos cubiertos de chocolate, ¿Dónde estaba su voluntad? ¿Pasaría la tarde mano sobre mano comiendo chocolates? Fue a buscar su caja de recuerdos.


Sentada sobre la alfombra, con el contenido de la caja esparcido a su alrededor y leyendo una de sus libretas, la encontró su marido al volver a casa.


—¿Qué haces? —La miraba con los ojos abiertos como platos.


—Ya ves. —Le alargó la libreta—, ¿te acuerdas?


—Ya lo creo —le dijo sonriendo—. Me llevaste arrastras hasta allí y fue estupendo.

Recuerdo muy bien el color del agua y el sabor del helado que nos comimos. ¡El mejor de mi vida!


Cerró la libreta y se la devolvió. Sus ojos se fijaron en una de las fotografías, una pareja joven se sonreía con un cucurucho de helado en la mano, la cogió y la metió en un bolsillo de su chaqueta. Mientras la ayudaba a levantarse del suelo dijo las palabras mágicas.


—Deberías volver a fotografiar y escribir. —La besó—. Mi guardiana de recuerdos.


Dolo supo en ese momento que no estaba equivocada, que era la mujer que corría. Solo se había quedado dormida bajo un hechizo y la acababan de despertar con un beso.



LOLA MIRALLES– taller de relatos – 22/04/2019
EL ARCO ARTESANÍA.
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