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Hoy, relato corto. "La Casa".

Actualizado: abr 28

En este relato queda palpable cómo los seres humanos somos capaces de dotar de vida a lugares y cosas materiales y cómo estos mueren cuando los abandonamos.



LA CASA


Me he cambiado de casa varias veces, cada una ha representado una nueva etapa de mi vida y forman parte de mi historia pero las he dejado vacías y cerrado la puerta alegremente. Esta vez es distinto.


He vivido los últimos siete años, mis primeros de viuda, con mi madre en un piso que ocupa toda una planta en la plaza de los Luceros.


Cualquiera que conozca Alicante sabe que es una plaza llena de vida.


Las aceras, anchas, están ocupadas por las mesas y las sillas de los bares y restaurantes, en el jardín se reúnen a celebrar sus fiestas grupos de emigrantes y forofos del fútbol. Todas las manifestaciones, procesiones y carreras deportivas pasan por ella. En el mes de junio, fiestas en la ciudad, es el centro de todas las «mascletás» y cabalgatas.


La casa, grande, abre sus puertas a todo el mundo. Familiares y amigos pasan continuamente por ella.


Cuando la estrenamos hace 60 años desde la terraza se veía el mar y el castillo de Santa Bárbara entero, luego subió las alturas de las casas y dejamos de ver el mar y parte del castillo. Recuerdo la terraza llena de gente para ver con todo su esplendor la «Palmera» de inicio de la quema de las hogueras y, arder la que se plantaba en la esquina de Alfonso el Sabio. Ahora la traca colocada debajo de la casa la hace retumbar y vibrar sus cristales. El humo y el olor a pólvora atraviesan todo el piso.


Si la casa pudiese hablar lo haría de los guateques de mi adolescencia, de los castigos de fin de semana convertidos en reunión de niñas haciendo palomitas en el fuego de la chimenea, del «quedaros a comer» y levantarse de la mesa después de cenar, de acostarnos de madrugada por haber estado charlando tranquilamente, de las partidas de mus, de las fiestas de cumpleaños de la vejez de mi madre. La casa siempre ha estado viva, incluso cuando ha habido penas y tristezas porque nunca ha faltado amor.


Sé que no es la casa, que eran mis padres los que hicieron eso posible, pero no dejo de sentir que la casa ha muerto con mi madre.


Sentada en la butaca en la que ella lo hacía miro a mi alrededor, la habitación sigue igual pero está apagada, es como si supiera que no va a volver y me quiere decir vete, aquí ya no puedes ser feliz, deja que venga otra gente que me lave la cara y me maquille diferente para que yo también pueda revivir.




Lola Miralles- autobiográfico- 6/11/2019-Taller de relatos.
EL ARCO ARTESANÍA.


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